La primera chispa
La migraña había empezado una hora antes, silenciosa al principio, apenas un peso detrás de los ojos. Gabriela apagó las luces del apartamento y se tumbó en el sofá con el antebrazo sobre la frente, las piernas encogidas bajo una manta que olía a suavizante rancio. La presión fue creciendo hasta convertirse en un pulso sordo que le ocupaba todo el cráneo, y se quedó quieta, respirando despacio, esperando que amainara.
Entonces notó el sabor.
Era metálico, como si tuviera una moneda vieja bajo la lengua. Se pasó la punta de la lengua por el paladar, por las encías, buscando una herida, un resto de sangre. Nada. Tragó saliva y el sabor persistió, frío y eléctrico, ajeno a cualquier cosa que hubiera comido. Abrió los ojos y el techo del salón le devolvió una mancha de humedad con forma de mapa que conocía de memoria.
El pinchazo llegó sin avisar: una aguja invisible se le clavó en la carne blanda del antebrazo izquierdo, justo donde la vena se marca bajo la piel. Gabriela soltó un gritito ahogado y se incorporó de golpe. La manta resbaló al suelo. Se palpó el brazo con los dedos de la otra mano, recorriendo la zona, esperando encontrar la chincheta, la astilla, cualquier cosa. La piel estaba intacta, pero el escozor seguía ahí, punzante y localizado, como si alguien acabara de extraerle sangre.
Miró alrededor. El salón estaba en penumbra, iluminado solo por el piloto rojo del router y la rendija de luz anaranjada que se filtraba bajo la puerta de la cocina. El radiador emitió un chasquido metálico y ella dio un respingo. Se tocó el brazo otra vez. El dolor remitió hasta convertirse en un hormigueo residual, pero el sabor metálico no se iba.
Cogió el teléfono del suelo, junto al cargador. Las manos le temblaban al desbloquear la pantalla. Tecleó la hora —16:47— y unas palabras apresuradas: «Sabor metálico en la boca. Sin causa aparente. Pinchazo agudo en el brazo izquierdo, zona interior del antebrazo, como una aguja. Duración: unos diez segundos. No hay herida visible. Estoy sola en casa. Migraña de fondo.»
Releyó la nota. Parecía el parte de un laboratorio, o el principio de un historial clínico. Se le escapó una risa corta, sin humor, y bloqueó el teléfono.
---
Lucas llevaba veinticinco minutos corriendo cuando el sendero se estrechó entre dos afloramientos de granito cubiertos de musgo. El ritmo de las zancadas le marcaba la respiración, y el sudor le pegaba la camiseta a la espalda. Había salido tarde, con el sol ya bajo, y calculaba que le quedaban diez minutos hasta el mirador antes de dar la vuelta.
El olor a jazmín lo frenó en seco.
Era un aroma denso y dulzón, tan intenso que parecía vertido sobre el aire. Lucas giró la cabeza a izquierda y derecha, jadeando. El sendero estaba flanqueado por pinos, tojos y algún madroño raquítico. Ni una flor a la vista. Agachó la cabeza para oler su propia camiseta, por si el detergente, por si algo. Olía a sudor y a suavizante de supermercado. Nada más.
Entonces sintió la punzada en la sien derecha. Un dolor agudo y breve, como si alguien le hubiera clavado una uña justo encima de la ceja y la hubiera retirado al instante. Se llevó los dedos a la sien y se masajeó la zona con movimientos circulares, el ceño fruncido. El olor a jazmín empezó a disiparse, pero la punzada dejó un latido residual que le golpeaba detrás del ojo.
Se quedó quieto en mitad del sendero, con las manos en las caderas, recuperando el aliento. El viento movía las copas de los pinos y traía olor a tierra seca y resina. Nada de jazmín. Nada que justificara aquello.
Sacó el teléfono del brazalete deportivo y abrió la aplicación de notas de voz. Pulsó grabar.
[LUCAS]: —Diecisiete cuarenta y tres. Estoy en el tramo alto del Pedroso, pasado el desvío de la torre eléctrica. He notado un olor a jazmín muy fuerte. No hay flores en esta zona, lo he comprobado. Justo después, una punzada en la sien derecha. Breve, pero intensa. No tengo antecedentes de migrañas, no he tomado nada, no he comido nada raro. Lo dejo registrado.
Guardó la nota y se quedó mirando la pantalla unos segundos, el pulgar sobre el icono de la grabadora. Luego se sentó en una roca plana al borde del sendero y dejó que el corazón volviera a su ritmo normal.
---
Gabriela abrió el navegador del móvil antes de que el hormigueo en el brazo desapareciera del todo. Tecleó «sabor metálico migraña» y deslizó los resultados sin mucha esperanza. Foros de pacientes, artículos genéricos, un estudio sobre aura migrañosa que mencionaba alucinaciones olfativas pero no gustativas. Abrió tres pestañas, las leyó en diagonal, las cerró. Luego buscó «pinchazo brazo sin causa» y el algoritmo le devolvió una mezcla de neuropatías, ansiedad, fibromialgia y dos hilos de Reddit donde la gente describía síntomas parecidos y nadie les daba respuesta.
Frunció el ceño. Dejó el teléfono sobre el cojín y se frotó los ojos con la base de las palmas. La migraña seguía ahí, latiendo, pero el sabor metálico se había desvanecido y el brazo ya no le dolía. Lo que le quedaba era una inquietud fría, la sensación de que algo acababa de ocurrir dentro de su cuerpo y ella no tenía ni idea de qué.
Volvió a coger el teléfono. Abrió la aplicación de notas y creó un documento nuevo. En el título escribió: «Registro de sensaciones». Se quedó mirando el cursor parpadeante, consciente de lo ridículo que le parecería a cualquiera que encontrara ese archivo. Luego empezó a teclear:
«12 de marzo, 16:47 h. Episodio 1. Migraña de fondo (moderada, lado derecho). Sabor metálico repentino, no asociado a ingesta. Pinchazo agudo en antebrazo izquierdo (cara interna, tercio medio) similar a punción con aguja. Sin marca visible. Duración estimada del pinchazo: 10-12 segundos. El sabor metálico persistió unos tres minutos más. No hay factores ambientales que lo expliquen. Estaba en reposo, en penumbra, sola.»
Guardó la nota y se quedó mirando la pantalla. Luego añadió una línea más:
«Buscar patrón. Repetir si ocurre otra vez.»
---
Lucas transcribió su nota de voz en la aplicación de diario que usaba para los entrenamientos. Era una app sencilla, con campos para fecha, hora, tipo de actividad y observaciones. En el campo de observaciones escribió:
«Sesión de trail. Ruta del Pedroso, tramo alto. KM 4 aprox. A los 25 min de carrera, percepción súbita de olor a jazmín (muy intenso, no había flores en la zona). Inmediatamente después, punzada aguda en sien derecha (duración breve, menos de 5 seg). Sin antecedentes. No he cambiado de dieta ni de productos de higiene. Descartar causas ambientales. Añado: FC en ese momento aprox. 155 bpm. Temperatura exterior 14°C. Viento moderado del oeste. Cielo despejado.»
Cerró la aplicación y abrió el navegador. Tecleó «olor a jazmín sin flores» y revisó los resultados: desde trastornos neurológicos hasta intoxicaciones, pasando por testimonios de gente que juraba oler perfume de difuntos. Nada mínimamente sólido. Probó con «punzada sien corriendo» y obtuvo más de lo mismo: cefaleas por esfuerzo, jaquecas, deshidratación. Hizo captura de pantalla de los resultados más absurdos y las guardó en una carpeta que llamó «Síntomas raros».
Se quedó sentado en la roca, con el teléfono apoyado en el muslo, mirando el valle que se abría al otro lado del sendero. El sol estaba ya muy bajo y las sombras de los pinos se alargaban sobre la tierra. El olor a jazmín había desaparecido por completo, pero la punzada en la sien le había dejado una sensación extraña, como un eco minúsculo, una vibración que no terminaba de irse.
Se puso en pie, se guardó el teléfono en el brazalete y emprendió el descenso. Mientras bajaba, no pensó en el jazmín ni en la punzada. Se concentró en la respiración, en el ritmo de las zancadas, en el sendero que se oscurecía bajo los pinos. La sensación de extrañeza se fue diluyendo con el esfuerzo, y para cuando llegó al coche, lo único que le ocupaba la cabeza era la ducha caliente que se iba a dar al llegar a casa.