La taza fría
—Sí, entiendo lo de los viajes —dijo Elena.
La voz continuó detallando las condiciones del proyecto: coordinación con varias instituciones, reuniones fuera, jornadas aún susceptibles de ajuste. Elena retiró la taza para evitar otra aureola en la superficie auxiliar. El contenido se había enfriado.
Andrés descansaba en el orejero, con la cabeza vencida hacia el reposabrazos gastado. La televisión seguía encendida a un volumen que apenas cubría el zumbido del frigorífico. Tenía varias aberturas desparejadas en la prenda y una mano sobre la pierna. El aro matrimonial relucía a la luz de la mañana.
Elena se había descalzado al entrar y había dejado los zapatos alineados junto a la puerta. Aún llevaba puesta la chaqueta de lana. Allí el aire siempre parecía helado, incluso cuando la claridad alcanzaba el tapiz.
—No puedo comprometerme ahora —dijo.
Hubo un silencio. La voz le preguntó si se trataba de los días previstos o de la duración.
Elena se tocó la coleta.
—De ninguna de las dos. Es una situación de casa.
Observó a Andrés. Durante los años posteriores a la muerte de su madre, él había ido perdiendo el sueño, la regularidad en las comidas y la constancia en las revisiones si ella no se las recordaba. Cada decisión, incluso la más nimia, parecía hallarlo solo. Elena había llenado ese espacio con listas, avisos y acompañamientos. Había organizado sus días, modificado citas, dejado comida preparada. Nada de eso había logrado devolverlo a una vida reconocible.
La mujer que hablaba con ella dijo que lo entendía. También dijo que necesitaban una respuesta definitiva.
—Entonces es que no —contestó Elena—. Gracias por pensar en mí.
Al colgar, el dispositivo mostró cuánto había durado la conversación. Elena lo sostuvo hasta que se apagó. En el orejero, Andrés respiró hondo y abrió los ojos.
—¿Quién era?
—Del trabajo.
Él aguardó. Antes habría preguntado qué querían, si era importante. Ahora se limitó a recorrer con la mirada el reposabrazos en busca del mando remoto.
—Nada —dijo Elena.
Andrés redujo aún más el volumen de la televisión.
Elena abrió el correo del proyecto. No leyó de nuevo las condiciones. Lo archivó y llamó a su jefa.
Se levantó mientras aguardaba y caminó hasta el ventanal. El parqué crujió con sus pasos, amortiguados por unas suelas finas. Desde allí veía reflejada una parte del salón: el diván, la luz de pie apagada, la silueta de su padre hundida en el cuero marrón.
—Quería pedirte una reducción de jornada —dijo en cuanto respondieron—. Desde el mes que viene, si es posible.
Su jefa preguntó cuánto pensaba prolongarla.
Elena repasó con una uña el borde de la otra.
—Es temporal. Solo mientras mi padre se recupera.
Redujo el volumen al decirlo y aceleró el habla. Fijó la vista donde el revestimiento empezaba a despegarse junto al radiador. Su jefa le explicó qué debía presentar y qué parte del sueldo perdería. Elena escuchó sin anotar. Sabía redactar solicitudes, justificar modificaciones presupuestarias, convertir una dificultad en una sucesión de fechas. Agradeció las indicaciones y dijo que enviaría todo esa misma tarde.
—¿Te recuperas? —preguntó Andrés cuando ella guardó el teléfono.
No parecía haber oído bien.
—Tú.
Él miró hacia la ventana.
—Ah.
Elena regresó al extremo izquierdo del diván. Hasta entonces, el insomnio de Andrés había sido una etapa larga pero acotada, algo que terminaría si ella encontraba al médico adecuado, la rutina exacta, la combinación de atenciones que aún no había probado. Acababa de presentar esa recuperación ante su jefa como un límite y comprendió que ignoraba cuándo llegaría. No existía tal día. Solo había dicho temporal porque el otro término habría exigido una duración.
El teléfono vibró de nuevo. Elena leyó el mensaje de su amiga y respondió que no podría ir a cenar.
Escribió: Tengo trabajo atrasado.
Antes de enviarlo, observó a Andrés. Él había vuelto a cerrar los ojos, aunque no parecía descansar. La noche anterior se había levantado varias veces. En una de ellas, Elena lo había encontrado de pie en el corredor, con los dedos bajo la mandíbula, incapaz de explicar qué buscaba. No quería dejarlo solo aquella noche.
Envió el mensaje.
—¿No tenías una cena? —preguntó él, sin abrir los ojos.
—La hemos cambiado.
Andrés asintió. No le preguntó para cuándo.
Elena se inclinó hacia el bolso. Al buscar el cargador, encontró el sobre con los billetes del viaje que tenía planeado. Los había impreso aunque también llevaba una copia digital. Asomaban los días previstos y su identificación en letras mayúsculas.
Los sostuvo un instante sobre las rodillas.
Recordó haberlos comprado en su casa, una noche en que Andrés había dicho que había descansado algo mejor. Ella había dejado un bulto de la mudanza sin abrir para sentarse con el portátil sobre el parqué. Al confirmar la reserva, había imaginado que aquel leve indicio —dos horas más de sueño, toda la comida consumida— significaba que lo peor empezaba a quedar lejos. Ahora entendía que no había comprado el viaje porque pudiera irse. Lo había comprado para obligar a los días a avanzar.
Se levantó, abrió una puerta del aparador de roble y guardó dentro el sobre. Lo cubrió con otros documentos y cerró.
Aún sostenía el teléfono. Buscó el contacto de la profesora de cerámica. La clase empezaría en menos de una hora.
—No voy a poder ir hoy —dijo cuando contestó—. Ni las próximas semanas, creo.
La profesora dijo algo que Elena escuchó mirando el cajón cerrado.
—Sí. Volveré en cuanto pueda. Vale.
Colgó antes de que le propusiera reservarle la plaza. Sobre la superficie auxiliar aún conservaba una leve marca seca en una falange, una línea clara junto a la uña, de la última pieza que había intentado alisar. La raspó contra el borde del bolso hasta borrarla.
Andrés se levantó al anochecer y caminó hacia el corredor arrastrando el calzado de paño.
—Me voy a acostar.
—Es pronto.
—Estoy cansado.
Elena no le recordó que el día anterior también se había acostado pronto y que después había pasado la noche entrando y saliendo de su habitación. Siguió su recorrido hasta que las hojas biseladas dejaron de devolver su figura.
Cuando la casa quedó en silencio, sacó una manta y la dobló sobre el respaldo del diván. La puerta corredera de la cocina permaneció entreabierta. Elena dejó el teléfono en la mesa auxiliar y mantuvo encendida la lámpara de pie.
Se tendió sin quitarse la chaqueta. El diván era ancho, pero tenía que doblar las piernas para evitar que los pies alcanzaran el extremo opuesto. La tapicería olía a polvo y a prendas guardadas. Desde allí oía el frigorífico y cualquier crujido del corredor.
Había descansado en aquel salón durante los últimos tramos de la enfermedad de su madre, aunque entonces no en el diván. El lecho articulado ocupaba el espacio junto al ventanal y Elena pasaba algunas noches sentada cerca, atenta a una respiración distinta. El día del entierro había recogido la vajilla mientras los demás lloraban. Durante años se dijo que lo había hecho porque alguien tenía que hacerlo.
Ahora, con la manta hasta la cintura, recordó el chorro corriendo sobre la vajilla y su empeño en demorar la entrada al salón. No había ordenado la cocina porque fuera la más fuerte. Se había escondido allí. Desde entonces, cada tarea realizada por Andrés había conservado para ella el aspecto de una deuda.
El parqué crujió en el corredor.
Elena se incorporó.
—¿Papá?
Andrés apareció detrás de las hojas biseladas, despeinado, con una mano apoyada bajo la mandíbula.
—Agua.
—Te la llevo.
—Puedo ir.
Ella permaneció sentada mientras él cruzaba hacia la cocina. Oyó el grifo, el golpe de un recipiente contra la encimera y, después, nada. Aguardó hasta que sus pasos regresaron arrastrándose hacia la habitación.
A la mañana siguiente, aún tendida, abrió en el teléfono el recordatorio de su revisión médica. Coincidía con una consulta de Andrés. Pulsó en aplazar.
La aplicación le ofreció otro día. Elena lo aceptó sin comprobarlo y dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa de cristal.