El reflejo en la fuente
El calor de septiembre en Palermo era un animal húmedo que se pegaba a la ropa y no se desprendía ni siquiera a la sombra de los ficus centenarios del campus. Kai había llegado tarde a la sesión de orientación, con la camiseta arrugada y el pelo revuelto por el viento del puerto, y se había sentado en la última fila del Aula Magna del Palazzo Steri sin mirar a nadie. Los frescos del techo —santos y verdugos, ángeles y llamas— le parecieron un mal presagio. No creía en presagios, pero llevaba tres noches sin dormir más de dos horas seguidas y todo le parecía un mal presagio.
La chica de la organización Erasmus pronunció su nombre con dificultad, tropezando con la sílaba final, y él levantó la mano sin ganas. A su alrededor, los demás estudiantes intercambiaban miradas de reconocimiento, sonrisas cómplices, los primeros pactos de una amistad que aún no existía pero que todos fingían tener ya. Kai no fingió. Se limitó a observar el gran ventanal gótico que tenía a su izquierda, donde la luz del Mediterráneo entraba tamizada por vidrieras del siglo XV, y pensó en el mar de Ibiza a esa misma hora, en la barca de su padre varada en la arena de Es Caló de s'Illa, en la sensación de sal en los labios y arena en los pies que ahora le parecía un recuerdo de otra vida.
Al terminar la sesión, salió al patio interior. El claustro del Steri olía a piedra húmeda y a jazmín. Había una fuente en el centro, una construcción barroca con un tritón de mármol que escupía agua por la boca, y Kai se detuvo a beber. El agua estaba tibia y sabía a metal. Se mojó la nuca, se pasó los dedos por el pelo, y al levantar la vista vio a alguien al otro lado de la fuente.
Alguien que lo miraba como si estuviera viendo un fantasma.
Era él.
No: era alguien idéntico a él. El mismo óvalo facial, los mismos pómulos altos, la misma inclinación de los hombros, la misma forma de ladear la cabeza al observar algo que no se comprende. Pero vestía distinto —camisa blanca impecable, pantalones de pinza, zapatos de cuero marrón— y su postura era rígida, controlada, como si cada músculo de su cuerpo estuviera sometido a una disciplina que Kai jamás había conocido.
Kai parpadeó. El otro también parpadeó. El gesto fue simultáneo, involuntario, una sincronía que les heló la sangre a ambos.
Se quedaron quietos, separados por el agua y el mármol, por el rumor de los estudiantes que cruzaban el claustro sin prestarles atención, por una distancia de apenas tres metros que de repente contenía toda la perplejidad del mundo. El tritón seguía escupiendo. Una paloma alzó el vuelo desde el alero del tejado. Kai sintió que algo se rompía dentro de él, una fisura pequeña pero definitiva, como cuando de niño apoyaba la oreja en la arena y oía el mar subterráneo.
El otro habló primero.
[JUN]: —Eres chino.
No era una pregunta. Kai tardó en responder. Su voz, cuando salió, le sonó extraña, como si la oyera desde fuera.
[KAI]: —Soy adoptado.
[JUN]: —Yo también.
La fuente seguía manando. El agua caía sobre la piedra con un sonsonete monótono. Kai rodeó el borde de la fuente, despacio, como quien se acerca a un animal que podría salir huyendo. Jun no se movió. Se estudiaron de cerca: las mismas manos, los mismos dedos largos, la misma cicatriz diminuta junto a la ceja izquierda que ninguno de los dos recordaba haberse hecho. Kai alargó la mano sin pensar y tocó la cicatriz de Jun con la yema del dedo. Jun retrocedió un paso, pero no lo suficiente.
[KAI]: —¿De dónde eres?
[JUN]: —De San Sebastián. Pero nací en China. En Guilin.
Kai había oído ese nombre antes. Lo había leído en un expediente amarillento que sus padres guardaban en un cajón con llave, un documento con sellos rojos y caracteres que no entendía. Guilin. La ciudad de los bosques de osmanthus. La ciudad donde una mujer de la que no sabía nada lo había entregado a un orfanato con tres semanas de vida.
[JUN]: —Guilin —repitió Jun, y esta vez su voz tembló—. Fuimos adoptados el mismo año. El mismo mes.
No necesitaron decir más. No hizo falta sacar los papeles que ninguno de los dos llevaba encima, ni buscar la confirmación en los registros del orfanato, ni esperar a que un análisis de ADN les diera la certeza que sus cuerpos ya habían aceptado. Se miraron y supieron. Supieron con la misma claridad con la que se sabe que el sol quema o que el agua moja: una certeza animal, prelingüística, que no necesitaba palabras.
Kai sintió que las piernas le flaqueaban. Se sentó en el borde de la fuente y apoyó los codos en las rodillas. Jun permaneció de pie, rígido, con los brazos cruzados sobre el pecho como si temiera desmoronarse si los soltaba.
[KAI]: —Tenía un hermano —dijo Kai—. Quiero decir, siempre supe que tenía uno. Mis padres me lo dijeron cuando cumplí quince años. Me dijeron que éramos gemelos, pero que a ti te adoptó otra familia y que no sabían nada más.
[JUN]: —A mí no me dijeron nada.
Jun habló con los dientes apretados. Apretaba tanto la mandíbula que las palabras salían cortadas, como si cada sílaba le costara un esfuerzo físico. Kai reconoció ese gesto: él también lo hacía. Apretar la mandíbula hasta que doliera, hasta que el dolor en las encías distrajera del otro dolor, del que no tenía nombre.
[KAI]: —Me llamo Kai.
[JUN]: —Yo soy Jun.
Se dieron la mano. El contacto fue breve, casi formal, pero ambos sintieron lo mismo: la extrañeza de tocar una piel que era la propia y no lo era, el vértigo de estrechar una mano que tenía la misma temperatura, la misma textura, las mismas líneas en la palma. Kai pensó en los espejos deformantes de las ferias, en aquellos laberintos de cristales que devolvían imágenes distorsionadas de uno mismo. Esto era lo contrario: una imagen demasiado exacta, una simetría que no debería existir fuera de la infancia.
Quedaron en verse al día siguiente. Kai pasó la noche en vela, tumbado en la cama de la Pensione La Fenice, escuchando el traqueteo de las motos en la Via Butera y el llanto intermitente de un niño en la habitación contigua. Pensó en su vida en Ibiza: el taller de su padre lleno de lienzos a medio terminar, el olor a aguarrás y a resina, las noches de verano en el chiringuito de Cala d'en Serra sirviendo copas a turistas alemanes mientras el mar rompía contra las rocas. Una vida sin horarios, sin estructura, sin nada a lo que agarrarse. Una vida que a los diecinueve años ya le parecía una condena.
Se levantó al amanecer. Salió al balcón y contempló los tejados de Palermo, las antenas parabólicas y la ropa tendida, las cúpulas de las iglesias recortadas contra un cielo que empezaba a teñirse de naranja. El aire olía a café y a gasolina. En algún lugar de la ciudad, su gemelo también estaría despierto, mirando el mismo cielo, preguntándose las mismas preguntas.
Se encontraron en el Caffè del Corso, un local estrecho con mesas de mármol y una cafetera de cobre que escupía vapor con un silbido constante. Pidieron dos espressos. Jun removió el suyo con una cucharilla durante un minuto entero, con movimientos precisos, idénticos, como si estuviera midiendo el tiempo. Kai observó sus manos: las mismas manos que él usaba para improvisar acordes en la guitarra, para mezclar colores en la paleta, para hacer malabares con tres naranjas en la playa mientras sus amigos aplaudían. Las manos de Jun parecían diseñadas para otra cosa: para trazar líneas rectas, para calcular, para no equivocarse nunca.
[JUN]: —¿Qué estudias?
[KAI]: —Bellas Artes. Tú.
[JUN]: —Ingeniería Industrial. Mi padre quería que estudiara Derecho, pero no me veo de abogado. No me veo discutiendo.
[KAI]: —¿Qué te ves haciendo?
Jun no respondió de inmediato. Dio un sorbo a su café, lo dejó en la mesa y alisó el mantel de papel con la palma de la mano.
[JUN]: —No lo sé. A veces no me veo haciendo nada. A veces siento que no estoy viviendo mi vida, sino la que otros esperan que viva.
Kai asintió. Entendía exactamente lo que Jun quería decir, pero al revés. Él había pasado los últimos años rechazando todas las expectativas, huyendo de cualquier cosa que oliera a compromiso, a rutina, a normalidad. Sus padres le decían que era un espíritu libre, y lo decían con orgullo, pero Kai sabía que en el fondo estaban preocupados. Que su libertad no era una elección sino una incapacidad: la incapacidad de permanecer, de arraigar, de querer algo durante más de tres meses seguidos sin que la ansiedad le subiera por la garganta como una marea negra.
[KAI]: —Yo tengo el problema contrario. Mi vida es demasiado mía, ¿sabes? Demasiado caótica. Me paso el día improvisando. No tengo un plan, no tengo horarios, no tengo nada que se parezca a una estructura. Y a veces me despierto a las cuatro de la mañana con el corazón acelerado y no sé por qué.
[JUN]: —Eso es ansiedad.
[KAI]: —Ya lo sé. Pero no sé qué hacer con ella. No sé dónde meterla.
Jun volvió a alisar el mantel. El gesto era casi compulsivo. Kai se dio cuenta de que su hermano —su gemelo, la palabra todavía le sonaba a ciencia ficción— también estaba lleno de cosas que no sabía dónde meter.
[JUN]: —En mi casa todo está en su sitio. Todo. Mi ropa, mis libros, mis horarios. Mi padre me revisa las notas cada viernes. Mi madre me pregunta con quién he quedado, a qué hora vuelvo, qué he comido. Tengo veintiún años y me siento como un niño de diez al que no dejan cruzar la calle solo.
Hizo una pausa. El vapor de la cafetera llenó el silencio.
[JUN]: —A veces fantaseo con desaparecer. Con coger una maleta y no decir nada. Con irme a un sitio donde nadie me conozca y donde no tenga que ser quien se supone que soy.
Kai levantó la vista del café. Jun también levantó la vista. Se miraron durante un segundo, dos, tres, y en esa mirada hubo algo que ninguno de los dos había experimentado antes: la sensación de ser comprendido sin necesidad de explicar nada. La sensación de que el otro ya lo sabía todo, porque de algún modo lo había vivido.
Fue Kai quien lo dijo. Lo dijo en voz baja, casi en un susurro, como si las palabras fueran demasiado grandes para pronunciarlas en un café lleno de gente.
[KAI]: —Podríamos intercambiarnos.
Jun no se rió. No dijo que era imposible. No apartó la mirada. Se quedó muy quieto, con la cucharilla suspendida sobre el pocillo de café, y Kai supo que la idea ya había cruzado su mente antes de que él la formulara. Quizás en el mismo instante en que se vieron al otro lado de la fuente. Quizás antes.
[JUN]: —¿Cómo?
[KAI]: —No lo sé. Pero somos idénticos. Tenemos la misma edad, los mismos rasgos, la misma sangre. Si aprendemos lo suficiente el uno del otro, si memorizamos nuestras vidas, nuestras rutinas, nuestros recuerdos... ¿quién se daría cuenta?
[JUN]: —Es una locura.
[KAI]: —Sí.
[JUN]: —No funcionaría.
[KAI]: —Probablemente no.
[JUN]: —Nos descubrirían en una semana.
[KAI]: —O en un día.
Se quedaron callados. El camarero pasó retirando tazas y les lanzó una mirada curiosa, dos chicos idénticos sentados frente a frente como si estuvieran ante un espejo. Jun esperó a que se alejara antes de hablar.
[JUN]: —¿De verdad quieres hacerlo?
[KAI]: —No sé si quiero. Pero sé que necesito algo. Algo que me saque de donde estoy. Porque donde estoy me está matando, Jun. No sé explicarlo mejor. Es como si me estuviera ahogando y no hubiera agua.
Jun asintió. No dijo nada, pero su silencio era un sí. Un sí grande y aterrador y lleno de posibilidades.
Salieron del café y caminaron sin rumbo por las calles de Palermo. Cruzaron el mercado de Ballarò, esquivando los puestos de pescado y especias, las montañas de berenjenas y tomates, los vendedores que pregonaban sus mercancías en un dialecto que ninguno de los dos entendía. El sol estaba en su punto más alto y la ciudad olía a fritura y a sudor. Jun caminaba con las manos en los bolsillos, rígido, como si estuviera inspeccionando el terreno. Kai caminaba con las manos libres, tocando las paredes, las hojas de los árboles, el lomo de un gato que dormitaba en un escalón.
Hablaron durante horas. Sentados en un banco del Orto Botanico, bajo la sombra de un ficus gigante cuyas raíces aéreas formaban una cortina vegetal, se contaron sus vidas. Kai habló de Ibiza, de las noches de luna llena en el mirador de Es Vedrà, de la sensación de estar siempre de paso, de no pertenecer a nada. Jun habló de San Sebastián, de la lluvia gris del Cantábrico, de las cenas familiares donde el silencio pesaba más que las palabras.
[KAI]: —¿Qué es lo que más odias de tu vida?
[JUN]: —La previsibilidad. Saber exactamente lo que va a pasar cada día, cada semana, cada año. Es como vivir en una novela que ya he leído.
[KAI]: —Yo odio lo contrario. No saber qué va a pasar mañana. No tener un suelo firme bajo los pies.
[JUN]: —Parece el argumento de una película mala.
[KAI]: —Lo es. Pero es nuestra película.
Jun se rió. Fue una risa corta, casi un resoplido, pero era la primera vez que Kai lo veía reír y algo se movió en su interior, algo parecido a la ternura pero más profundo, más antiguo: el reconocimiento de una emoción en un rostro que era el suyo.
Pasaron la tarde en el jardín botánico, trazando un plan que al principio era una broma y poco a poco fue dejando de serlo. Se harían pasar el uno por el otro. Volverían cada uno a la ciudad del otro, a la casa del otro, a la vida del otro. Kai se convertiría en Jun: estudiaría Ingeniería, se sentaría a la mesa con los Echevarría, soportaría los silencios de Íñigo y las preguntas de Marta. Jun se convertiría en Kai: pintaría, tocaría la guitarra, ayudaría a Mateo en el taller y a Lucía en el bar.
[KAI]: —Necesitaríamos tiempo. Un año, quizás. Para aprendernos las vidas. Los gestos, las rutinas, los nombres de los amigos.
[JUN]: —Las mentiras.
[KAI]: —Las mentiras también.
Jun se quedó mirando el estanque del jardín botánico, donde unas carpas anaranjadas nadaban en círculos perezosos. El agua estaba turbia y reflejaba las copas de los árboles y un fragmento de cielo.
[JUN]: —¿Y si un día nos arrepentimos?
[KAI]: —Entonces nos arrepentiremos. Pero al menos nos habremos arrepentido de algo que elegimos, no de algo que nos impusieron.
Esa frase resonó en Jun como un diapasón. Elegir. Hacía tanto tiempo que no elegía nada que había olvidado cómo se sentía. Se lo dijo a Kai, con la voz más baja, más frágil, más desnuda que en toda la tarde.
[JUN]: —Nunca he elegido nada importante. Ni la carrera, ni la ciudad donde vivo, ni la ropa que llevo. Todo ha sido decidido por otros. Mis padres, mis profesores, las expectativas de todo el mundo. Yo solo he obedecido.
[KAI]: —Pues esta es tu oportunidad.
[JUN]: —¿La nuestra?
[KAI]: —La nuestra.
Se dieron la mano por segunda vez. Esta vez el apretón fue más firme, más largo, y contenía un pacto que aún no sabían formular pero que ya estaba sellado. El sol empezaba a caer sobre Palermo y las sombras de los ficus se alargaban sobre el césped. En algún lugar de la ciudad, las campanas de una iglesia tocaron a vísperas.
Kai y Jun se levantaron del banco. Caminaron hacia la salida del jardín botánico, hombro con hombro, dos siluetas idénticas recortadas contra la luz dorada del atardecer. Ninguno de los dos dijo nada. No hacía falta. El pacto estaba hecho, y lo único que quedaba por delante era el vértigo de cumplirlo.