Vitaminas
La pantalla mostraba una secuencia de datos que giraban lentamente sobre un fondo negro. El Doctor Gabriel Varda las observaba con la misma atención con la que un cirujano examina una incisión antes de profundizar. El zumbido del aire acondicionado envolvía la sala como un manto de estática.
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El olor a linimento y neumáticos impregnaba las oficinas del Kairós Cycling Team. En el taller mecánico del Palacio de los Deportes de Oviedo, las bicicletas colgaban de soportes metálicos como animales en reposo, sus cuadros de carbono todavía manchados de barro de la última salida de entrenamiento.
Tomás Llaneza observaba a Álex Varela con la misma expresión con la que un ganadero examina una res antes de la feria: buscando defectos, calculando rendimientos, preguntándose si aquel ejemplar podría dar algo más de lo que prometía.
[TOMÁS LLANEZA]: —Dos mil euros al mes. Dietas aparte. Material de la temporada pasada, pero en buen estado.
Álex asintió. Llevaba una camiseta del equipo juvenil de Asturias, descolorida por los lavados, y unas zapatillas con los cordones desgastados. Sus manos, apoyadas en los muslos, mostraban las marcas de quien ha pasado más horas agarrado al manillar que a cualquier otra cosa.
[ÁLEX VARELA]: —Bueno, a ver... yo lo que quiero es ayudar al equipo. Lo que haga falta.
[TOMÁS LLANEZA]: —Eso espero. Porque aquí no vienes a lucirte, chaval. Vienes a trabajar para los que ganan. ¿Lo entiendes?
[ÁLEX VARELA]: —Sí, señor.
Llaneza se rascó el bigote canoso. Había fichado a docenas de jóvenes como Álex a lo largo de su carrera: chavales sin palmarés, sin patrocinadores, sin más futuro que el de ser gregarios leales hasta que el cuerpo dijera basta. La mayoría duraba dos o tres temporadas y luego desaparecía en las carreras locales, vendiendo bicicletas o trabajando en talleres como el del padre de Álex.
[TOMÁS LLANEZA]: —Tienes contrato por un año. Si no rindes, a la calle. Y no esperes milagros: este equipo está al borde de la desaparición. O conseguimos resultados esta temporada, o cerramos.
Álex recogió el contrato. Sus dedos rozaron el papel con una mezcla de reverencia y miedo. Fuera, en la calle General Elorza, la lluvia de junio golpeaba los cristales con esa persistencia asturiana que parecía no acabar nunca.
[ÁLEX VARELA]: —No le fallaré, don Tomás.
Llaneza no respondió. Ya había oído esa promesa demasiadas veces.
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El despacho de Varda en Helixor Human Performance olía a desinfectante y a ozono, ese aroma que dejan los equipos electrónicos después de horas de funcionamiento. Las paredes estaban cubiertas de estanterías con libros de biología molecular y pequeñas figuras abstractas de cristal que brillaban bajo la luz de los fluorescentes.
Álex Varela estaba sentado en una silla ergonómica, con el torso desnudo y electrodos adheridos al pecho. Los cables conectaban su cuerpo a una máquina de análisis metabólico que zumbaba suavemente. En la pantalla, los datos de su VO2max, su umbral de lactato, su eficiencia muscular, aparecían en gráficas que Varda estudiaba con una atención casi reverencial.
[DOCTOR GABRIEL VARDA]: —Setenta y dos mililitros por kilo. Umbral en trescientos cuarenta vatios. Hematocrito en cuarenta y dos.
Varda se quitó las gafas y las limpió con un paño de microfibra que guardaba en el bolsillo de la bata. Sus ojos, sin la protección de los cristales, revelaban una intensidad que la montura metálica normalmente disimulaba.
[DOCTOR GABRIEL VARDA]: —¿Sabes lo que significan estos números, Álex?
[ÁLEX VARELA]: —No sé... que estoy en la media, supongo.
[DOCTOR GABRIEL VARDA]: —Significan que eres un ciclista del montón. El tipo de corredor que nunca ganará nada, que nunca destacará, que pasará su carrera viendo las ruedas de otros alejarse en cada puerto.
Álex apartó la mirada. Sus dedos se cerraron sobre los brazos de la silla con una fuerza que hizo crujir el plástico.
[ÁLEX VARELA]: —Ya lo sé.
Varda sonrió. Era una sonrisa fina, casi imperceptible, que no llegaba a sus ojos. Se acercó a una nevera de laboratorio y extrajo un vial de líquido transparente. Lo sostuvo un instante, comprobando la etiqueta con gesto profesional.
[DOCTOR GABRIEL VARDA]: —Helixor está desarrollando un complejo vitamínico de recuperación. Es parte del protocolo de medicina deportiva que aplicamos al equipo. Aminoácidos, antioxidantes, factores de crecimiento celular. Cosas que ayudan a la recuperación muscular y a optimizar el descanso.
[ÁLEX VARELA]: —¿Y eso me hará mejorar?
[DOCTOR GABRIEL VARDA]: —Te hará rendir al máximo de tu potencial. Que es exactamente lo que necesitas para ayudar a tu equipo, ¿no es así?
Varda cargó el vial en una jeringuilla hipodérmica con la misma eficacia rutinaria con la que un médico de cabecera prepara una vacuna antigripal. Álex observó la aguja con la aprensión de quien recibe una inyección de vitaminas por primera vez.
[ÁLEX VARELA]: —¿Tiene efectos secundarios?
[DOCTOR GABRIEL VARDA]: —Nada significativo. Quizá algo de fatiga los primeros días, mientras tu cuerpo se adapta al tratamiento. Pero después... después notarás la diferencia.
La aguja penetró en el brazo de Álex con un pinchazo casi indoloro. El líquido transparente desapareció bajo su piel. Varda retiró la jeringuilla y presionó un algodón sobre el punto de inyección.
[DOCTOR GABRIEL VARDA]: —En un par de semanas empezarás a notar los efectos. No te preocupes si al principio te sientes extraño. Es normal. Y una cosa más: prefiero que no comentes los detalles del tratamiento con la prensa. Ya sabes cómo son. Cualquier cosa que hagamos, por legal que sea, la convierten en un titular.
Álex asintió, sin darle mayor importancia. Se puso la camiseta. Sus dedos temblaban ligeramente, pero su rostro mostraba una determinación nueva, una especie de hambre que Varda reconoció al instante. Era la misma hambre que había visto en tantos otros antes.
Varda guardó la jeringuilla en un contenedor de residuos biológicos y anotó algo en su tableta. Cuando Álex salió del despacho, el doctor se quedó unos minutos en silencio, observando la silla vacía, las pantallas que aún mostraban los datos de su nuevo paciente, las figuras de cristal que brillaban en la penumbra.
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La Vuelta a los Valles Mineros era una de esas carreras que solo importaban a los que la corrían. Doscientos kilómetros por las carreteras secundarias de Asturias, con un puerto de segunda y tres cotas de tercera que nadie recordaba al día siguiente. El pelotón, formado por equipos locales y algún ProTeam con excedente de corredores, rodaba con la desgana de quien sabe que aquello no saldrá en ningún telediario.
Álex Varela pedaleaba en el centro del grupo, protegido del viento, cumpliendo el papel que le habían asignado. Su trabajo consistía en llevar bidones, tapar huecos, desgastarse para que otros llegaran frescos al final. Marcos Iglesias, el jefe de filas del Kairós para aquella carrera, rodaba a su lado con la expresión concentrada de quien está contando los kilómetros que faltan para el final.
[MARCOS IGLESIAS]: —Quédate conmigo. En el puerto arranca Bellini y tenemos que estar delante.
[ÁLEX VARELA]: —Vale, hombre. No te preocupes.
Pero en el kilómetro ochenta, algo cambió. Un grupo de seis corredores se escapó en una de las cotas de tercera, aprovechando un momento de despiste del pelotón. Álex, que estaba en la parte delantera, se vio arrastrado por la inercia de la fuga. Sus piernas, que normalmente protestaban ante cualquier aceleración, respondieron con una fluidez desconocida. Los pedales giraron bajo sus pies como si el viento en contra hubiera desaparecido.
Miró hacia atrás. El pelotón se había quedado a doscientos metros. Los otros fugados, cinco desconocidos de equipos portugueses y gallegos, pedaleaban con la determinación de quien no tiene nada que perder. Álex se acomodó en el grupo y siguió pedaleando, convencido de que aquello no duraría más de diez kilómetros.
Pero duró.
En el kilómetro ciento veinte, la ventaja era de cuatro minutos. En el ciento cincuenta, de seis. Los equipos de los favoritos empezaron a tirar en el pelotón, pero la fuga rodaba con una armonía inesperada, sus integrantes relevándose sin egoísmos, alimentados por la creciente certeza de que aquello podía ser real.
En el kilómetro ciento ochenta, con el puerto de segunda a la vista, los otros cinco fugados empezaron a ceder. Las piernas se les agarrotaban, el ritmo cardíaco se disparaba, las bocas se abrían buscando un oxígeno que no llegaba. Uno a uno, fueron quedándose atrás, absorbidos por la carretera como piedras en un río.
Álex seguía pedaleando.
No entendía lo que estaba pasando. Su cuerpo, que siempre le había parecido un motor de segunda mano, funcionaba ahora con una precisión suiza. El corazón bombeaba a un ritmo constante, los músculos respondían sin acumular ácido láctico, los pulmones se llenaban de aire como si la atmósfera se hubiera vuelto más densa. Era como si alguien le hubiera quitado un freno que llevaba puesto toda la vida sin saberlo. No alcanzaba a explicarse aquella sensación; quizá las vitaminas, quizá el descanso, quizá simplemente un día bueno de esos que tienen los ciclistas sin motivo aparente.
Cruzó la línea de meta con los brazos en alto, un gesto que nunca había ensayado porque nunca había tenido ocasión. Los comisarios anotaron su dorsal. Los pocos aficionados que se habían acercado a la llegada aplaudieron con la cortesía de quien presencia un milagro menor. El sol de agosto caía sobre el asfalto, y Álex Varela, por primera vez en su vida, era un ganador.
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Marcos Iglesias llegó con el pelotón, doce minutos después. Se bajó de la bicicleta con las piernas temblorosas y la garganta seca, buscando a su compañero entre el gentío. Cuando lo encontró, Álex estaba apoyado en una valla publicitaria, bebiendo agua a pequeños sorbos, con la mirada perdida en algún punto del horizonte.
[MARCOS IGLESIAS]: —¿Pero qué ha sido eso, chaval?
Álex se encogió de hombros. Su rostro, habitualmente pálido, mostraba un rubor que podía ser del esfuerzo o de la euforia.
[ÁLEX VARELA]: —No sé. He ido a por la fuga y... bueno, a ver, las piernas iban solas.
[MARCOS IGLESIAS]: —Las piernas no van solas. Las piernas van donde tú las llevas. Y tú has soltado a seis tíos en el puerto como si fueran juveniles.
Marcos lo observó con atención. Conocía a Álex desde hacía dos meses, desde que el chaval había fichado por el equipo. Sabía de sus datos, de su VO2max mediocre, de su umbral de potencia que apenas superaba los trescientos cuarenta vatios. Aquel no era el mismo corredor que había visto entrenar durante semanas.
[MARCOS IGLESIAS]: —¿Has cambiado algo? ¿Entrenamiento, alimentación...?
[ÁLEX VARELA]: —Nada. Bueno, las vitaminas esas de Helixor. Pero eso no...
[ÁLEX VARELA]: —Será que he tenido suerte.
Marcos asintió, pero su expresión no era de convencimiento. Había algo en la forma en que Álex había pedaleado en el puerto, una fluidez mecánica, una ausencia de sufrimiento, que no encajaba con el corredor que conocía. Los gregarios no ganan carreras. Los gregarios no sueltan a nadie en los puertos. Los gregarios no cruzan la meta con los brazos en alto mientras el pelotón llega doce minutos después.
Pero no dijo nada. Se limitó a darle una palmada en el hombro y a dirigirse hacia el autobús del equipo, donde Tomás Llaneza ya estaba hablando por teléfono con alguien, su voz ronca vibrando con una emoción que Marcos no le había oído nunca.
[TOMÁS LLANEZA]: —...sí, una fuga de seis... no, en solitario... doce minutos, doce minutos le hemos sacado al pelotón... sí, sí, un chaval de aquí, de Riosa...
Marcos se detuvo junto a la puerta del autobús. El sol de agosto seguía cayendo sobre el asfalto, y a lo lejos, Álex Varela seguía apoyado en la valla, bebiendo agua, ajeno al hecho de que aquella tarde, en una carretera secundaria de Asturias, algo había empezado a romperse dentro de su cuerpo. Algo que ni él, ni Varda, ni los servidores cuánticos de Shenzhen podrían controlar.